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lunes, 25 de agosto de 2014

¿Me tienes miedo?


Bajó por el túnel largo y oscuro, miró hacia atrás para ver si alguien la seguía. Era muy tarde, se había asegurado que todo el mundo estuviera dormido en el castillo. Todas las noches que podía, bajaba para alimentar a la gente que estaba presa en las mazmorras. La mayoría eran mujeres y niños que por no pagar el impuesto que les exigía acababan en aquellas celdas lúgubres y frías.
Hoy estaba vigilando el extraño guardia, Joan, al que le faltaban dos dedos y al que había logrado ablandar el corazón. Le permitía pasar a escondidas sin contárselo al conde Richard. La gente ya sabía que tenía que permanecer en silencio cuando Elish conseguía visitarlos. Sacaban las manos de las celdas con ansiedad, implorando comida con la mirada. Algunos estaban hacinados, otros permanecían en celdas independientes, el olor y la humedad eran insoportables. Fue repartiendo todo el pan que tenía racionándolo lo mejor posible. Durante el día, intentaba guardar la comida que iban a tirar a la basura para dársela a ellos.

Sabía que era peligroso, tan solo era una criada más del castillo, si descubrían lo que estaba haciendo podrían matarla, aunque el Conde quizá no lo permitiría ya que era su “juguete”. Odiaba cuando le ponía las manos encima. El olor a alcohol se impregnaba en su piel, el sudor ácido que desprendía cuando la tocaba le daban ganas de vomitar. No podía hacer nada para impedírselo, si se negaba o se resistía, le pegaba y prefería quedarse quieta y esperar a que él terminase. A veces el dolor era insoportable, pero debía aguantar.

Al fondo, estaba la celda donde tenían aquel hombre, desde que llegó lo único que se escuchaba era su nombre por cualquier rincón del castillo. El temido hermano del conde Wesley había sido apresado, Darek Roce. Lo habían capturado hacía tres días. Vivían en la parte sur del condado de Lancher, constantemente estaban peleando unos y otros por las tierras, el ganado, el poder… En una de las incursiones que hicieron los hombres del conde Wesley, comandado por su hermano Darek, los habían asaltado. Gracias a un traidor que iba con ellos, fiel al conde Richard, fueron descubiertos y los atacaron antes de que pudieran hacer nada. Todos los hombres de Darek murieron en el ataque, pero antes de que lo atrapasen y de que el traidor pudiera escapar, lo degolló sin piedad, tiró su cabeza al suelo y la pisoteó. Al menos eso es lo que se contaban en el castillo.

Realmente le infundía temor, si todas las historias que le habían contado sobre él fueran ciertas, su salvajismo y su falta de piedad eran inmensos. Dudó si ir a darle de comer. Aunque le temía, en el fondo sentía una gran curiosidad por verlo, por acercarse al misterio que escondía. En la distancia vio que se encontraba sentado y apoyado en la pared. La miraba fijamente. Se armó de valor y muy despacio se acercó hasta allí, no podía distinguirle bien, pero era corpulento. Al ver que se aproximaba, él se levantó y se dirigió hacia los barrotes, por un momento ella se paró confusa de continuar o no, pero finalmente siguió avanzando. Cuando estaba justo delante, la tenue luz de la antorcha iluminó su rostro. Elish se quedó sorprendida, era muy atractivo, tenía el pelo muy corto, una barba rasurada de unos días, los labios no muy gruesos pero perfilados. Emanaba personalidad y sus ojos eran de un azul oscuro intenso. Su cara no intimidaba, ni siquiera su altura y su cuerpo ancho y fuerte. Era su mirada, el gesto de seguridad en sí mismo es lo que infundía respeto y temor. Irradiaba un extraño poder que invadía la celda.   

Elish extendió el brazo ofreciéndole el trozo de pan, el preso, sin desviar los ojos de los suyos, agarró suavemente su mano. Sintió el calor de su piel y la caricia la alteró, ya estaba temblando por acercarse a él, pero su toque la hizo vibrar. Creyó percibir una leve sonrisa en la curvatura de sus labios. Juraría que se había dado cuenta de que su contacto le había afectado. Cuando iba a retirar la mano, la cogió de la muñeca impidiendo que se fuera. Ambos miraron en la dirección donde permanecían agarrados, Elish no sabía si él había sentido el mismo calambre al tocarse, pero algo en la tensión de su cuerpo le hizo pensar que así era. Se asustó. 

—¿Cuál es tu nombre, muchacha?
Se quedó sin palabras, su voz era muy grave y tosca. El tono la sacudió dentro de su cuerpo.
—Suélteme —dijo en voz baja intentando no llamar la atención del guardia.
—Tu nombre.

No se lo pedía, se lo estaba exigiendo. Sus ojos se mantenían clavados en los suyos. La muñeca le ardía justo por donde la agarraba.

—Elish… —contestó, quería que la soltara. Una mezcla de miedo y atracción circulaba dentro de su cuerpo.
—¿No te castigan por hacer esto?
Se sorprendió con su pregunta.
—¿Por qué le preocupa?
—Sería una pena que a una mujer como tú le ocurriera algo —no disimulaba, la miraba con curiosidad y deseo haciendo que Elish se sintiera desnuda en su presencia. Vulnerable.
—Acércate más —murmuró.
—No, por favor, suélteme. Debo irme.
—Acércate o no te soltaré.

Elish cada vez estaba más nerviosa, se le hizo un nudo en el estómago. Sabía que debía irse de allí, pero en el fondo quería aproximarse, sentirle cerca. No sabía qué diablos estaba haciendo aunque le obedeció. No la había soltado, pero disminuyó el agarre en su muñeca. Observó el ancho y masculino cuello, bajó hacia su pecho y, por un breve instante, tuvo la necesidad de tocarle. Se dio cuenta que la estaba observando y que sabía lo que ella pensaba. Súbitamente se sonrojó y volvió a intentar alejarse, pero la agarró de la cintura con la otra mano para evitar que huyera. Sentía los barrotes en el cuerpo y su rostro estaba demasiado cerca.

La mano de él fue subiendo lentamente por su cadera, acarició su brazo y llegó hasta su cuello. Deslizó los ojos por la suave piel y volvió a subirlos, despacio, deteniéndose en sus labios, en su mejilla, hasta que llegó a sus ojos y la miró con intensidad. A Elish comenzó a faltarle el aire.

—¿Por qué tiemblas? —le dijo a la vez que acariciaba su nuca—. ¿Me tienes miedo? —preguntó en un susurró.

Sí, se lo tenía, quien no tendría miedo a ese hombre. Parecía un salvaje, fuerte y poderoso, pero también estaba sorprendida ya que no era solo eso lo que sentía en esos momentos. El calor se iba expandiendo en su interior, los pezones se le habían puesto duros por su proximidad y el murmullo de su voz la alteraba. Él se acercó a sus labios y creyó que iba a besarla, podía sentir la calidez de su aliento. Lo deseaba, aunque quisiera negarlo ansiaba que la besara, pero para su sorpresa, la soltó.

Ambos se quedaron callados y Elish fue consciente de su propia respiración, estaba sofocada, tenía que irse. Se fue sin mirar atrás.

Aquella noche no podía dejar de pensar en aquella mirada, no olvidaba el roce de su mano. Realmente la había trastocado. En general odiaba a los hombres, lo mismo que el sexo, pero por primera vez en su vida, se imaginó siendo acariciada y deseada, no por cualquiera, sino por esas masculinas manos. Se preguntaba qué ocurriría con él, no sabía que podrían hacerle, seguramente torturarle hasta la muerte. El Conde era un ser miserable, corrupto y sin escrúpulos, mucha de la gente presa era inocente, pobres campesinos que por falta de dinero acababan en aquel lugar, aunque no todos los presos que había eran buenas personas, también se encontraban asesinos, violadores y ladrones.

Dos días después.

Se apoyó en un árbol para coger aire. Tenía que alejarse de aquel lugar lo más rápido posible. Llevaba más de una hora corriendo sin parar. Solo con la idea de volver de nuevo a ese encierro hacía que las energías volvieran a él, pero la falta de alimento y agua le estaba haciendo mella.

Darek recordó cómo varios días atrás terminó en aquel agujero. Ese maldito hombre los había traicionado. Se lo advirtió a su hermano, no se fiaba de él, pero no le hizo caso y acabaron todos muertos. A estas alturas, Wesley se habría enterado que lo habían capturado y se declararía la guerra. Tenía que llegar pronto a sus tierras para advertirle que el traidor había informado al conde Richard cómo atacar su castillo, el puente del lado oeste era el más vulnerable ya que no tenían hombres suficientes para protegerlo.

Sus padres murieron cuando eran adolescentes. Su hermano y él se llevaban bien, aunque eran muy distintos. Wesley era responsable, confiado y muy trabajador, sin embargo Darek, era más impulsivo y le costaba acatar órdenes. Lo que si tenían en común era el respeto que sentían el uno por el otro.

Notó que la debilidad en sus piernas era cada vez mayor. Necesitaba llevarse algo al estómago. Durante su cautiverio, apenas le dieron de comer, excepto el día que aquella muchacha le ofreció la hogaza de pan.

Darek volvió a recordarla. Había visto muchas mujeres hermosas, pero nunca como la belleza de ese rostro. Los intensos ojos verdes, su fresco olor, su piel blanca estaba hecha para ser acariciada, suave y tersa. En cuanto la tocó, le asaltó la necesidad de salir de allí y besarla. Recordó sus labios gruesos, sonrosados, cómo había deseado morderlos, repasar el contorno con su lengua, incluso fantaseó que abarcaban su pene dándole placer con esa boca tan apetitosa. Sería una satisfacción percibir la calidez de su boca en su miembro. Quería romper aquellos barrotes y, no para huir, sino para desnudarla y hacerla gemir por cada orgasmo que le iba a proporcionar. Le sorprendió que ella le mirara de aquella forma, con miedo, pero también le observaba con interés. Si hubiera estado libre la habría ayudado para satisfacer esa curiosidad que sabía que sentía.

La determinación que vio en ella hizo que la admirase. Seguramente se estuviera jugando la vida por dar de comer a aquellas personas y, sin embargo, lo hacía, arriesgándose a ser descubierta.
No escuchaba ningún caballo detrás de él, quizá habían optado por dejarle escapar creyendo que moriría en aquel bosque. No se rendiría, pero necesitaba un sitio donde refugiarse para poder descansar y seguir su camino.

En ese momento escuchó unos gritos, el primer instinto que tuvo fue esconderse detrás de los árboles. Se fue acercando y las voces se escuchaban cada vez más cerca. Se ocultó detrás de unos arbustos y logró distinguir que había tres hombres con el emblema del conde Richard, un águila y un león enfrentados, el mismo que lo había tenido cautivo casi una semana. Afortunadamente el guardia al que le faltaban dos dedos, le dejó escapar al enterarse de quien era él. Le confesó que conocía a su hermano Wesley, le salvó la vida en una ocasión cuando eran niños y ahora había terminado a las órdenes del Conde, pero le debía ese favor. Le obligó a que le golpeara para que no sospecharan que le había ayudado a escapar.

Distinguió una figura en el suelo que es de donde provenían los gritos de auxilio. Miró con más atención y vio que era una mujer. La sujetaban entre dos hombres, uno a cada lado, un tercero estaba enfrente de ella, se bajaba los pantalones. Iban a violarla.

—Quizá no deberíamos hacerlo —dudó uno de ellos—. El Conde puede que nos cuelgue por esto.
—Ya no vale nada para él—dijo el más delgado y con una cicatriz en el rostro—. No voy a desaprovechar la oportunidad de tirarme a este bombón. 

Tenia que hacer algo, no podía dejar que aquello sucediera. Buscó rápidamente una piedra o algo con lo que defenderse. Encontró un tronco que podría servirle. Se acercó sigilosamente bordeando los arbustos y refugiándose en varios árboles. Tenía que pensar como atacarles, uno de ellos era bastante grande y grueso, con los otros dos quizá no tendría problema. Se estaba decidiendo cómo hacerlo cuando el más fuerte se puso de rodillas para saciar sus instintos, la mujer se revolvía, luchando con todas sus fuerzas. No había tiempo, tenía que hacer algo ya. Sin pensárselo más, salió de donde se encontraba escondido y se abalanzó sobre él. Estaban tan concentrados en ella que cuando llegó hasta ellos no se dieron cuenta. Le dio un fuerte golpe en la cabeza y quedó tendido en el suelo.

Los otros dos hombres tenían cara de sorprendido sacaron sus espadas y se dirigieron hacia él. Uno de ellos sonrió y mostró los dientes torcidos y negros, el que tenía medio rostro quemado lo miró con rabia. Serían hombres del Conde, pero estaba claro que eran los que hacían el trabajo sucio. Darek se puso en posición de defensa esperando que le atacaran, en medio segundo ambos se abalanzaron. Se preguntaba si podría con los dos, estaban armados y él solo disponía de un tronco.

Mientras que uno le atacaba, el otro retrocedía, esquivó la espada y comprobó que la mujer se había subido en la espalda del hombre con el rostro quemado y le tiraba del pelo con fuerza. Tenía que aprovecharse de la situación y deshacerse lo antes posible de su oponente. Logró darle un puñetazo, lo cogió de la muñeca y apretó hasta que la espada se deslizaba al suelo. Ya era suya, ahora tenía el arma, fue hacía él y, sin apenas esfuerzo, se la clavó en el pecho. Se dio la vuelta al escuchar un grito, la mujer estaba inconsciente en el suelo y el hombre con la cara quemada se acercaba hasta él, le atacó varias veces, tenía más fuerza que el otro contrincante, pero después de varias acometidas pudo acabar con él.

Cuando creía que todo había terminado, sintió un fuerte golpe en la espalda. Se había olvidado del primer hombre, aturdido se dio la vuelta y vio que se disponía a golpearle con una piedra. Agarró la espada que estaba cerca y se la clavó en el corazón, el hombre le miró sorprendido a la vez que caía encima de él. Le costó deshacerse del cuerpo que le aprisionaba y no le dejaba respirar.

Se cercioró que todos estaban muertos y se acercó a la mujer. Yacía inconsciente en el suelo. Se encontraba boca abajo y no veía su rostro, pero su cuerpo era exquisito. Llevaba un ajustado vestido blanco y hecho jirones a través del cual se veían los tersos hombros y las largas piernas. Estaba exhausto, no podría cargar con ella, moriría en el intento, no había comido, tenía sed, acababa de luchar contra tres hombres y ahora tendría que cargar con un cuerpo. No, no podía hacerlo. No lo haría, la dejaría allí, sola, a la intemperie, quizá se moriría o alguien más podría aprovecharse de ella. «Mierda», pensó. Tenía que ayudarla. Le dio la vuelta y se dio cuenta de quién era; la mujer que le ofreció comida en la mazmorra. ¿Qué demonios estaría haciendo allí? No tenía tiempo para pensar en ello. Debían irse de aquel lugar lo antes posible. Cogió unas provisiones que estaban tiradas en el suelo y una manta, se lo echó todo a la espalda. La cogió en brazos y se alejó a toda prisa.

Llevaba varias horas buscando algún sitio donde refugiarse, si no lo encontraba pronto, el agotamiento haría que se desmayase. Se le doblaron las rodillas y cayó, tuvo cuidado que ella se quedase entre sus brazos. La mujer había recuperado la consciencia para volver a perderla después de unos segundos. Cuando creía que no podrían resguardarse en ningún sitio, vio que en el suelo había un pequeño agujero que lo tapaban las raíces de un inmenso árbol. Con todo el esfuerzo que pudo, apoyó un pie con fuerza para lograr levantarse, hizo lo mismo con el otro y aunque le costó un triunfo, logró levantarse y avanzar los metros que le separaban de aquel escondite.

Se tumbó y situó a la mujer cerca de su cuerpo. Estaba medio desnuda, lo mejor sería que la abrazase para entrar en calor o ambos morirían. La tapó con la manta y la rodeó entre sus brazos. Incluso con lo cansado que se sentía se estaba excitando por su presencia. El tibio cuerpo de aquella mujer le encendía. Cuando la vio por primera vez, dando pan a la gente, llevaba el pelo recogido, ahora lo tenía suelto y le llegaba por debajo de la cintura. En la celda aprovechó para tocarla, pero no lo había podido hacer libremente, ahora estaba allí, a su merced, inconsciente y podría deslizar las manos por ese apetitoso cuerpo.

 Estaba tumbada a su lado, rozando su  piel y de espaldas a él. Quiso acariciarla, sabía que no debía hacerlo, pero no pudo evitar pasar la yema de los dedos por su brazo desnudo. Estaba entrando en calor de solo tocarla, retiró la manta y bajó hasta su muslo, acariciándolo. Tenía la piel blanca y extremadamente suave como él lo había imaginado. Se rozó con su trasero, la erección era más que evidente. Se preguntaba como sería subir y meter la mano en el interior de su muslo, llegar hasta su sexo y tocarlo. El corazón comenzó a latirle con fuerza. Sus dedos descansaban en su piel, muy cerca de donde ansiaba acariciarla. Se enfadó consigo mismo. Debía parar, no era correcto.

Subió de nuevo a su cintura y la rodeó con el brazo para disponerse a dormir, pero el pecho estaba muy cerca de su mano. Apretó el puño para evitar hacer lo que se estaba imaginando, pero finalmente el deseo se impuso a la razón, deslizó los dedos por su escote y, apartando un poco la tela, acarició el pezón. Sintió un latigazo de placer en su entrepierna y cerró los ojos intentando calmarse, estaba demasiado excitado. Su pecho suave y voluminoso era una deliciosa tortura. Se fijó en el hombro desnudo, el anhelo de besarlo se imponía, se imaginó lamiéndolo hasta llegar al sensual cuello. «Para», se reprendió. No podía perder el control de aquella forma. ¿Qué demonios le ocurría? Apartó las manos de su dulce cuerpo e intentó pensar en otra cosa. Tenían que llegar pronto hasta su hermano, allí estarían a salvo, pero al menos eran tres días de camino, debía hacerlo antes de que lo encontrasen. Al poco tiempo y, después de sosegarse, Morfeo lo envolvió en sueños.

Elish abrió los ojos desorientada, sentía un cálido cuerpo en su espalda, se tensó y lo primero que le vino a la mente es que estaba de nuevo entre los brazos del Conde, de aquel hombre que le había hecho tanto daño. Se levantó rápidamente sin mirar atrás, se llevó las manos a la cabeza, le dolía, pero tenía que huir de allí. Se fue corriendo y de pronto sintió unos fuertes brazos atrapándola, un cuerpo duro y grande se apretaba contra ella.

—Tranquila, no voy a hacerte daño —murmuró el desconocido en voz baja cerca de su oído.
La voz grave y varonil que escuchó hizo que se inquietara aun más, lo último que había logrado era tranquilizarla.
—Suéltame.
—Lo haré, pero si prometes que no huirás.

Ella asintió, la soltó y despacio se dio la vuelta para mirarlo. Se sorprendió al encontrarse con aquellos ojos azules y empezó a recordar. Era el hombre que le había salvado de ser violada por aquellos malditos, el mismo que no pudo olvidar cuando lo conoció en las mazmorras. Darek Roce. Tenía la ropa destrozada, una camisa de tela negra y los pantalones del mismo color.

—Debemos irnos —fue  a tocarla, pero ella retrocedió—. Como quieras, pero no pienso llevarte en brazos de nuevo. Si quieres quedarte aquí allá tú, no volveré a salvarte.

Pasó delante de ella y se fue. Por el rabillo del ojo, Darek vio que dudaba pero finalmente le siguió.

Elish había dudado si seguirle o no, todavía no sabía quién era, podía ser peligroso, por lo que decían de él así era, pero si se quedaba sola en aquel bosque quizá moriría. Aunque la había ayudado, no sabía si fiarse, y por otro lado, habían dormido juntos y la había respetado, o al menos eso creía. Se quedaría a su lado hasta que viera que podía hacer, no tenía familia, ni nadie a quien acudir, pero lo que tenía claro es que no volvería con el Conde. Ni muerta la volvería a tocar.

No hablaron durante todo el camino, comieron varios frutos que se encontraron en el bosque y pan que había robado a esos hombres. Después de varias horas andando, Elish necesitaba descansar pero no quería quejarse. Constantemente la miraba y le metía prisa, insistiendo malhumorado que le estaba retasando. Sus fuerzas empezaron a flaquear, aunque el orgullo había logrado que siguiera durante un tiempo más, ahora ya lo veía prácticamente imposible.

—Lo siento, tengo que descansar —dijo dándose por vencida.
—Estoy seguro de que nos están siguiendo. No podemos parar todavía.
Se acercó hacia ella que se había sentado en una roca y la cogió del brazo tirando hacia arriba para que se levantase. Elish le apartó, cuando la tocaba le quemaba la piel.
—Llevamos horas sin parar, no me he quejado, estoy prácticamente descalza, por no hablar de la ropa, todo se me engancha a su paso, quedándome más desnuda si cabe.

Se dio cuenta que no tenía que haber dicho aquello. Él la miró de arriba abajo y un extraño reflejo brilló en sus pupilas. En vez de sentir miedo, su cuerpo respondió ante su mirada de deseo. Darek se aproximó a su cuerpo y por un momento Elish dejó de respirar. Le miró a los labios y sintió ganas de besarlo.

—¿Quieres que vuelva a llevarte en brazos? —murmuró sin dejar de mirarla a los ojos.  
Estaba retrocediendo mientras que él avanzaba sin permitir que hubiera distancia entre los dos. Volvió a sentir lo imponente que era. Sus hombros anchos no dejaban ver nada más detrás de ellos.
—No… —contestó apenas sin voz.

Elish se dio cuenta que no podía seguir andando cuando se dio con el tronco de un árbol.

—Respiras con dificultad  —le dijo con una medio sonrisa.
—Te he dicho que estoy cansada —puso las manos en su pecho para evitar que se acercase más y el contacto la volvió a quemar por lo que intentó zafarse y huir de allí, pero Darek puso ambos brazos en el árbol bloqueándole la salida.
—¿Estás segura de que es por eso? —murmuró cerca de su cuello—. He visto cómo me miras.
—¿Con asco? —contestó ella.

Él entrecerró los ojos. Se acercó a sus labios y pensó que esta vez sí que iba a besarla, con sorpresa se dio cuenta que deseaba desesperadamente que lo hiciera. Darek deslizó la mirada a su boca y le  susurró:

—Entonces será mejor que dejes de quejarte y no hagas que me retrase más.

Se dio la vuelta y la dejó allí, necesitada y con la respiración agitada. Tenía razón, no era por el cansancio, su cercanía la alteraba por dentro de una manera extraña. Con el Conde cada caricia, cada acercamiento era una tortura, le repugnaba su aliento, su forma de tocarla, pero con él… No le había besado, ni tocado, pero le hacía sentir extremadamente sensible en su presencia.

La noche anterior tuvo que huir del castillo. El Conde se enteró que estaba dando de comer a los esclavos y se puso como una fiera. Le gritó y la amenazó diciéndole que si tanta pena le daban los asesinos y proscritos, la bajaría a las mazmorras y se quedaría allí con ellos, así los podría consolar mejor. Quiso forzarla y esta vez no pudo aguantarlo. Le clavó una daga en el muslo y le dio un fuerte golpe con un jarrón que tenía en la mesita de noche.

Cuando le vio inconsciente se asustó. No se lo pensó dos veces y huyó. Tenía que haber cogido algo de abrigo, pero no podía darse el lujo de perder tiempo. Si se despertaba daría la voz de alarma e irían a por ella. Después de andar por el bosque durante varias horas, la encontraron esos tres salvajes, que la seguían por orden del Conde. Afortunadamente se encontró con Darek que la ayudó sin pedir nada a cambio. Por ahora.

Estuvieron caminando de nuevo durante varias horas, hasta que llegaron a un pequeño lago, ambos bebieron intentando calmar la garganta seca. Agotados, se sentaron contemplando el paisaje. El sol se estaba poniendo y se reflejaba en el agua. Por primera vez, Elish se sintió más relajada. Solo los pájaros y el murmullo del agua de la cascada se escuchaban a lo lejos.

—¿No tienes familia, Elish? —preguntó él.
Se quedó sorprendida al ver que recordaba su nombre.
—No, no tengo a nadie.
—¿Sabes quien soy?  —ella bajó la mirada y tímidamente asintió—. ¿Qué hacías en el castillo?
Dudó antes de contestar.
—Soy una sirvienta más.
—No ibas mal vestida para ser una sirvienta.
—El Conde quiere que esté presentable.
Él frunció el ceño.
—¿Eres su amante?
—No exactamente. Está obsesionado conmigo…
Darek se levantó rápidamente y la miró sorprendido.
—¡Joder! ¿Y qué mierda estás haciendo aquí? —se frotó el pelo—. Si eso es cierto, con toda seguridad nos estarán siguiendo y no pararán hasta encontrarnos.  
Elish comenzó a sentir la rabia subiendo hasta su rostro.
—No te preocupes me largo de aquí, no voy a perjudicarte —se levantó—. Estoy harta de tus quejas, eres un…un… pfff

Se dio media vuelta y se fue con toda la dignidad que pudo. Escuchó que se acercaba a ella dando dos zancadas y la cogió de ambos brazos.

—¡Estás loca! ¿Qué piensas a hacer tu sola en el bosque?
Su voz grave y fuerte la imponía, lo mismo que su proximidad. Intentó darse la vuelta pero no la dejó.
—¡Suéltame! Ese es mi problema.
—¿Por qué has acabado aquí? ¿Qué hiciste? —la acercó más a su cuerpo.
—Eso no importa, déjame ir —ese hombre la asustaba y a la vez, la hacía arder cuando se aproximaba.

Darek se excitó al sentirla tan cerca. No ayudaba que estuviera forcejeando, rozándose contra su piel de manera inconsciente, le estaba poniendo nervioso.

—Dime que hiciste o no te soltaré —susurró con sus labios rozando su oreja y Elish sintió un escalofrío.
—Se enteró que os estaba dando comida y se puso como loco. Intentó forzarme y... lo dejé inconsciente.
—Vaya, tengo a una leona entre mis brazos —su tono de voz se hizo aún más grave. Deslizó una de sus manos a la cintura y fue subiendo hasta pararse justo debajo de su pecho.

Elish comenzó a respirar con dificultad, sentía su cálido aliento en el cuello y la forma como la agarraba hacía que se estuviera excitando.

Darek se dio cuenta que se estaba despertando el deseo en el interior de Elish y se dejó llevar. Subió la mano hasta su pecho y lo acarició. Ella no se despegó de su cuerpo, todo lo contrario, se pegó más a su erección. Ahora ninguno de los dos hablaba, solo sentían. Apartó la fina tela de su pecho e introdujo la mano acariciando su seno desnudo. La escuchó gemir y se endureció aún más. La otra mano la fue bajando hacia sus muslos, la acarició y fue llevando los dedos a la cara interna de ellos. La sintió tensarse, pero abrió más las piernas para que pudiera acceder con facilidad. Al llegar a su vagina se dio cuenta que no llevaba ropa interior y perdió el control que luchaba por mantener. La dio la vuelta y sus miradas se cruzaron. Sus respiraciones estaban agitadas. Los ojos verdes de Elish destilaban lujuria y deseo, se acercó a sus labios y percibió el ardor de su boca. Ansiaba tomarla, poseerla. Justo en el momento en el que se disponía a besarla escuchó caballos a lo lejos. Ambos miraron hacia atrás. La cogió de la mano y la llevó hacia la laguna.  

—¿Qué haces? —preguntó confusa.
—Viene alguien, tenemos que escondernos. El único sitio para ocultarnos es debajo del agua. Tenemos que nadar hacia esa roca, desde allí no nos verán.

Cogió las provisiones y ambos corrieron metiéndose en el lago. Comenzaron a nadar con rapidez. Darek no dejaba de mirar hacia atrás para ver si habían llegado. Se acercaron a la cascada y vio que si se subían en una roca plana y grande había una cueva detrás, solo los verían si se acercaban y, aún así, si se mantenían quietos sería difícil que los distinguieran allí dentro. Fue hacia aquel lugar y comprobó que Elish lo seguía, debían llegar lo antes posible. Los había escuchado muy cerca. Cuando llegaron la ayudó a subir a la roca y después lo hizo él. Se adentraron en la cueva y Darek le hizo un gesto con el dedo para que guardara silencio.

Aún con el sonido de la cascada, se podía escuchar los caballos, se habían parado. Seguramente estaban bebiendo y observando si se encontraban en el agua. Elish comenzó a temblar, la ropa mojada la estaba dejando congelada. Después de un buen rato, él se arriesgó y volvió a meterse en la laguna para ver si se habían ido, no vio a nadie. Cuando subió de nuevo, Elish seguía tiritando.  

—Debes quitarte la ropa o cogerás una pulmonía.
—No pienso quedarme desnuda delante de ti.

Él no la miró y se empezó a deshacer de la camisa y los pantalones. Elish comenzó a entrar en calor solo de verlo. Observó cada músculo de su espalda ancha y fuerte mientras se desnudaba. No pudo evitar mirar su cuerpo. Era grande y si impresionaba vestido, lo hacía más sin nada puesto. Darek se dio la vuelta y se encontró con su erección. Estaba excitado. Sin querer ella dio un paso atrás. Era mucho más grande que la del Conde.

—Desnúdate —le ordenó.
—No —dijo a la vez que intentaba tapar su propia desnudez, el vestido blanco y mojado hacía que se pegase a su anatomía, mientras que él la recorría con la mirada, sin disimular lo que se le pasaba por la cabeza.

—Desnúdate o te desnudo.

Se fue acercando hacía ella. Elish levantó la cabeza intentando aparentar seguridad, pero quería huir de allí a toda prisa, si la tocaba no sabía de lo que sería capaz. No podía olvidar que ese hombre era peligroso, había matado a muchos hombres y quizá haría lo mismo con ella, podía ser imprevisible. En ese instante se dio cuenta que tenía que haberse ido cuando tuvo la oportunidad y no permanecer a su lado.

Darek se quedó quieto y le lanzó una mirada ardiente.

—Por última vez, desnúdate.

Su cuerpo la traicionaba y escucharle decir aquello, hacía que quisiera rendirse, obedecer al murmullo ronco de su voz, pero le asustaba quedarse sin ropa delante de él. No quería volver a sentir el mismo dolor que con el Conde. Se cruzó de brazos en respuesta. Darek entrecerró los ojos y sin más la agarró del vestido y se lo bajó por los brazos.

—¡¿Qué haces bruto?! ¡Suéltame!

Aunque ella intentaba forcejear, el vestido la tenía atrapada entre los brazos y no podía moverse. Se paró al ver que él ya no la tocaba. Se había quedado paralizado, su pecho subía y bajaba con fuerza, su mirada ardía de deseo, observaba sus senos desnudos. Los pezones se endurecieron por su escrutinio. Veía claramente que su control pendía de un hilo. Elish no sabía que decir, ese hombre era puro fuego y se sentía vulnerable y a la vez necesitada.

El iris azul oscuro se clavó en sus ojos. Deslizó la mirada a sus labios y sintió su caricia. Darek avanzó el poco espacio que había entre ambos, le agarró la nuca y la besó. Gimió al sentir el contacto de sus labios, estaba inmovilizada y él la apretaba contra su desnudez. Sentía la erección en su vientre y una ola de calor bajó hasta su sexo. No podía tocarle, pero abrió la boca dejando que profundizara más en aquel salvaje beso. El contacto de su lengua la estaba enajenando, él deslizó una de las manos por su cintura, bajando hasta su culo. Sentía el fuego de cada caricia instalándose en su piel, percibiendo cada roce.

Elish comenzó a temblar, realmente el deseo por él era increíble, pero le tenía miedo, temía el sexo, nunca había sido placentero, solo era una tortura. Aunque sentía cosas muy fuertes, pensaba que seguramente si sucumbía a sus caricias, sería igual que con el Conde, doloroso y sin ninguna satisfacción. Era un salvaje, le provocaría el mismo dolor. No, no podía dejar que la tocara.

Darek sintió el temblor de su cuerpo, respondía a cada caricia, pero algo andaba mal. Se separó de ella y vio la mezcla de deseo y temor en su rostro. Una puñalada de decepción se instaló en su pecho. Le tenía miedo. Se separó de ella y se dio la vuelta intentando calmarse.

—Desnúdate, Elish —ya no sonaba como una orden.

Ella se sintió vacía al ver que se alejaba, su corazón latía violentamente contra su pecho, igual que el latido que sentía entre sus piernas. Esta vez le obedeció y se desnudó. Darek extendió la manta y la ropa en la roca dejando que los rayos de sol que se adentraban a través de la catarata secasen las telas.
—Voy a vigilar, duerme un poco.

«Dormir, como si fuera posible hacerlo después de lo que ha ocurrido», pensó Elish. Se acurrucó en una roca donde daba algo de sol para entrar en calor.

 Darek se pasó las manos por la cara. Esa mujer lo estaba volviendo loco. Si antes de besarla la deseaba, después de hacerlo la ansiaba con obsesión. Necesitaba tenerla, penetrarla de todas las manera posibles. Cuando percibió el miedo en sus ojos… , no quería que ella le viera así. Sentía que debía protegerla, mimarla, pero instantes después quería poseerla.

Varias horas después se hizo de noche. Los habían despistado y parecían estar a salvo. Ella había logrado dormirse, pensó que lo mejor sería que él también descansase algo. Cogió la manta que ya estaba seca y fue hacia donde estaba Elish. La observo sin ropa y dormida. El pelo largo y oscuro se resbalaba entre su espalda y uno de sus pechos. Dormía de lado, con las piernas ligeramente inclinadas. La erección volvió a hacerse mayor. Le dolían los testículos, tenía que hacer algo o no podría dormir. Se tumbó a su lado, frente a frente. Todavía no la tapó, quería verla desnuda un poco más, su respiración era tranquila y suave.

Recordó el sabor de su boca, el olor de su cuerpo, la calidez que sintió al tenerla entre sus brazos. Aunque le tenía miedo, también lo deseaba, la había escuchado gemir cuando se abalanzó sobre ella. Dios, tenía que hacer algo o iba a reventar. Su cuerpo era perfecto, deslizó sus ojos por la fina cintura, las caderas, su sexo… Quería abrir sus piernas y perderse en él, lamerlo, morder su clítoris hasta que se corriera en su boca.

Darek se agarró el miembro y empezó a acariciarlo, necesitaba masturbarse. O se corría o no sería capaz de controlarse. La deseaba demasiado, quería penetrarla, hasta que gritara su nombre. No sabía por qué demonios estaba haciendo aquello. Se sentía mal, parecía un pervertido. Con ninguna otra mujer había tenido ese problema. En general ellas se le ofrecían, deseaban que las tocara y, aunque había sentido los mismo con Elish, el miedo la podía.

Ya no podía parar, no estaba bien, pero al menos eso era mejor que tocarla. Observó sus pezones, quería morderlos, mimarlos. Se mordió el labio intentando frenar un gemido. Comenzó a hacerlo más rápido, quería terminar ya o se pondría encima de ella, la abriría de piernas y metería la dura erección en su interior.

Miró su clavícula y sus labios, en ese momento se paró. Ella le estaba observando, le había descubierto tocándose a la vez que la miraba desnuda. Se paró y por primera vez no supo que hacer. Contuvo la respiración. Ella se debatía en una lucha interna, la verde mirada se clavó en sus ojos y vio como extendía la mano y le tocaba el tórax. Darek cerró los ojos al sentir su contacto. Siguió deslizando los dedos hasta su ombligo, el corazón se le iba a salir. Llegó hasta su pene sin dejar de mirarle y lo cubrió con la mano cuando él retiró la suya. Al sentir el contacto de su piel, rodeándolo, un gemido brotó de su garganta.

—Elish… —gruñó—. Mierda, para o no podré detenerme.

La miró y volvió a ver el temor en su mirada mezclada con necesidad. Se acercó a ella haciendo que sus pezones se aplastaran contra su pecho.

—Déjame besarte —susurró Darek con necesidad.

Deslizó la mano por su cuello y la atrajo hacia su boca. La besó y Elish le respondió. Tan dulce. Al juntar sus bocas la combustión explotó dentro de ambos. Estaban completamente desnudos. Bajó la mano hasta su vagina y la tocó muy despacio. La humedad se deslizó por sus dedos y ella se arqueó.
—Cariño, estás tan mojada… No te imaginas lo que me excitas.

No podía aguantar mucho más sin penetrarla. Introdujo un dedo en su interior a la vez que le lamía un pezón. Elish tenía los ojos cerrados, se estaba dejando llevar. Salía y entraba dentro de ella, comenzó a gemir.

No podía más, se puso encima y la volvió a besar a la vez que le metía el capullo de su dura erección. En ese momento ella se quejó y quiso apartarle. La miró y volvió a ver el temor en sus ojos.

—¿Por qué me tienes miedo? —susurró en su mejilla haciendo un esfuerzo sobrehumano por no metérsela profundamente.

—No es eso, yo… me va a doler, con el Conde…

Darek puso un dedo en sus labios y la hizo callar. Pensar que aquel maldito había abusado de ella, haciéndola a saber que cosas, le provocaba querer matarlo con sus propias manos.

—No es lo mismo, preciosa. Ahora estás excitada, te prometo que no te dolerá. Confía en mi.

Vio la duda en sus ojos. Estaba dispuesto a salir de su interior, pero el miembro le latía, le dolían los testículos y lo único que deseaba con todas sus fuerzas era hundírsela hasta el fondo. Finalmente ella asintió y creyó que volvía a respirar de nuevo. Lentamente la fue penetrando, despacio, percibió como una gota de sudor caía de su frente. Estaba al límite, se le tensó la mandíbula al percibir su estrechez abarcando su pene. Ella jadeó y la penetró más profundo.

—Darek… —murmuró con deseo clavándole las uñas en la espalda.
—Mierda nena, dilo otra vez.
—Darek…

No pudo más. La embistió con fuerza, cada vez más rápido, las caderas se movían con decisión, con ímpetu. Ambos jadeaban, ella le agarró del culo para instarle a que profundizara más.

—Por favor —suplicó ella.
—Sí…así. ¿Qué quieres Elish?
—Más…

Él gruñó al escucharla y la embistió más fuerte. La besó con fuerza, la marcó con los dientes, la chupó hasta lograr que Elish llegara al éxtasis. Instantes después el placer le golpeó como nunca antes había sentido, se corrió y esparció su semen dentro de ella. La explosión fue inmensa. Mejor de lo que ninguno podía haber imaginado.

Sin decirle nada, salió de su interior, la tapó y la rodeó con los brazos. Se miraron a los ojos y una extraña sensación se instaló en su pecho. Esa mujer le había embrujado. Por un momento quiso preguntarle qué es lo que pensaba, pero decidió callar. Después de un rato se quedaron dormidos.

Una patada en el estómago le despertó. Aturdido abrió los ojos a la vez que se llevaba las manos al abdomen. Ahí estaban, los hombres del Conde, los habían encontrado. Miró hacia atrás buscando a Elish. Vio que estaba vestida y se tapaba con la manta. En sus ojos se advertía el miedo, pero intentaba parecer más serena de lo que realmente estaba.

—¡Vamos! ¡Vístete! —le dijo uno de ellos volviendo a golpearlo.

Eran demasiados, no podría contra todos por lo que decidió que haría lo que decían. Ya se le ocurría algo más tarde. Después de vestirse los llevaron con empujones hacia el agua, cruzaron la laguna hasta la orilla. Allí había más hombres, entonces lo vio. El conde Richard, se acercó hacia ellos. Le miró con la cabeza alta mostrando desprecio y luego dirigió la mirada a Elish.

Ahora sí tenía la cara desencajada, verlo la había alterado. No quería ni pensar que le había llegado a hacer aquel maldito. Cuando estuvo junto a ella, la agarró de la mandíbula y la obligó a mirarle

—Eres una puta —le dio una bofetada y Darek intentó soltarse para ir hacia él, pero se lo impidieron—. Todo lo que he hecho por ti, y así me lo agradeces, clavándome una daga y huyendo —la miraba con rabia—. Prepárate, cuando lleguemos al castillo, te tomaré de todas las formas posibles y después irás a las mazmorras, donde perteneces. No creo que nadie baje para darte de comer.

Ella temblaba por su amenaza, si antes había sido horrible, no quería ni pensar lo que le esperaba ahora. Miró hacía Darek y su cara era pura ira. La vena del cuello sobresalía, tenía los puños cerrados y forcejeaba con los hombres que le tenían sujeto. Le había enseñado lo que se sentía realmente con el sexo, lo satisfactorio que podía ser y no la idea que tenía con el Conde.

La soltó y él se fue hacia Darek.

—Y tú… creo que lo mejor será que termine contigo aquí mismo. No creo que pueda sacarte nada sobre tu hermano y mi mayor castigo para él será que su hermano muera.

Elish se estremeció al escucharle decir aquello. No podían matarlo, una angustia se despertaba en su pecho, haciendo que fuera difícil respirar. Él no decía nada, solo le miraba con asco y superioridad. No era lo más inteligente, pero Darek era muy orgulloso.

—Sí, será mejor que me mates —dijo al fin—. Porque si tengo la mínima oportunidad de luchar contra ti, te mataré, lentamente, primero te cortaré una mano, luego la otra, seguiré con las piernas y cuando no puedas parar de gritar de dolor, será cuando te retuerza la espada en el pecho hasta que termine contigo.

Observó al conde Richard y por un momento el miedo se reflejó en su rostro. Desenvainó la espada y se la puso en el cuello.

—Quizá me has dado una idea de cómo matarte —le amenazó.
—La diferencia es que yo no necesitaría que te sujetasen otros hombres. Lo haría por mí mismo.

Al Conde se le puso la cara roja de la ira que sentía en esos momentos. Levantó la espalda para darle el toque de gracia, Darek la miró y a Elish se le llenaron los ojos de lágrimas. De repente un caballo salió de la espesura del bosque y miraron todos en su dirección. Un hombre rubio, con una larga barba del mismo color los miraba de forma altiva y furiosa. Comenzaron a llegar más caballos en el que todos los jinetes llevaban un mismo emblema, un sol atravesado en una torre.

—Suelta a mí hermano, cabrón —dijo el hombre rubio.

Instantes después estaban todos peleándose. Elish se hizo a un lado y cogió una de las espadas que estaban en el suelo de un hombre muerto. El sonido del metal y las agónicos gritos es lo único que podía escuchar. Vio que Darek iba tras el conde Richard que estaba intentando huir. Le dio alcance y empezaron a luchar. La fuerza que tenía Darek hacía que el Conde solo pudiera defenderse de cada embestida. Con facilidad lo desarmó y vio la mirada de pánico sabiendo su triste final, permanecía en el suelo. Sin pensárselo dos veces, y sin ninguna piedad, le cortó un brazo. El Conde gritó de dolor.

—Esto es por todos los inocentes a los que has torturado durante años —bajó de nuevo la espada y parecía que le iba a cortar el otro brazo, pero se detuvo—. No soy como tú, pero si fuera así, seguiría con el siguiente brazo, después bajaría hasta tus piernas y te las cortaría por lo que querías hacerle a mi hermano.
—Por favor —suplicó.
—No tuviste piedad con ellos, tampoco la tendré contigo —colocó la espada en su pecho—. Esto es por Elish.

Le clavó la espada en el corazón y sus ojos se cerraron mientras que un hilo de sangre le brotaba por la boca. Todos los hombres del conde Richard estaban muertos.

Darek se dio la vuelta y buscó la mirada de Elish. No estaba seguro de que es lo que ella pensaba de lo que acababa de ver, él era así, cuando luchaba lo hacía de forma salvaje, si se metían con alguien que le importaba no dudaba sacar su lado más cruel. Lo había visto tal como era. Pensó en la posibilidad de perderla, que huyera de él y la sensación no le gustó. Una salvaje sensación de posesión se despertó en su interior, era suya y de nadie más.

Se acercó a su lado, se quedaron frente a frente. Por primera vez no vio el temor que en otras ocasiones veía en sus ojos. Elish lo miraba de otra forma, de una manera que hacía que quisiera besarla, pero ella se le adelantó. Despacio puso las manos en su tórax y subiendo las manos hasta su cuello, lo acercó a sus labios y le besó. Él se lo devolvió con la misma intensidad. Lo que más deseaba era llevársela lejos, no quería separarse de su lado, la necesitaba.

—¿Me sigues teniendo miedo? —murmuró Darek cerca de su mejilla.
—¿Debería?

Él clavó los ojos en los suyos y acariciando su nuca le contestó:

—Nunca, ¿me escuchas, Elish? Nunca.
Ella asintió.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella apoyando la frente contra la suya.
—Ahora te vienes conmigo y ya no te podrás librar de mi.

A Elish se le formó una sonrisa en los labios.


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15 comentarios:

  1. que relato mas bonito, me ha encantado :). un saludo

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  3. Pues me ha hecho pasar un rato estupendo, Jessica. Enhorabuena!!!

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  4. Genial, como todo lo que escribes !!!
    Me ha hecho disfrutar durante su lectura. Ya se que es un relato, pero se me ha hecho corto, de aquí podría salir una buena novela.
    Felicidades Jessica !!!

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    1. Gracias por leeme Yasmina, que bien que te ha gustado. Un besazo enorme guapa!!

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  5. MADRE MIA!!!!!!! Pero que historia tan preciosa!!!! Me ha tenido enganchada todo el transcurso, en serio esto tiene que seguir... jajaj me encanta como escribes. Pero sobre todo como esta planteada para ser tan corta no le falta de nada FELICIDADES!!!!!!!!!!!

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    1. Que ilusión que lo has leído :-D Muchisimas gracias por tu comentario. Un besazo enorme!!

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  6. Como siempre Jessica nunca defrauda. Eres buenísima. Precioso relato, nunca dejes de escribir y de compartir con los demás tus historias.

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    1. Lo mismo digo de ti Kris, todavía no me acostumbro a todas las cosas tan bonitas que me dices. Gracias amiga!

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    1. Gracias por comentar Marisol, me alegro que te haya gustado :-)

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  8. Jessica una vez más gracias por tu relato me encantó. Por favor sigue escribiendo que me encanta el como narras, y las imaginación tan buena que tienes. Gracias nuevamente y hasta un próximo relato. de verdad lo amé.
    PD: saludos desde Ecuador

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    1. Muchísimas gracias Karen, intentaré seguir escribiendo y espero que sigas disfrutando con mis nuevas historias. Gracias por leerme, un besazo guapísima.

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